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Humanismo y Tecnología Humanismo y Tecnología

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Author(s): José Ricardo Díaz Caballero

Journal: Revista Cubana de Ingeniería
ISSN 2223-1781

Volume: 1;
Issue: 2;
Start page: 71;
Date: 2010;
Original page

Keywords: humanismo | tecnología

ABSTRACT
Cada día nos sorprende con nuevos cambios. Sin embargo, ese agitado movimiento se va revelando más y más como un proceso en extremo ambivalente y contradictorio. La técnica, "(...) cuya misión es resolverle al hombre problemas, se ha convertido de pronto en un nuevo y gigantesco problema" .[1] Estas palabras de J. Ortega y Gasset ilustran con bastante precisión el estado de cosas en que ha devenido hoy día el complejo y multifacético ámbito de la relación tecnología-sociedad. Hoy más que nunca se hace sentir la urgencia de pensar en el movimiento de la técnica y la industria. Desastres ecológicos y amenazas sobre la biosfera se suceden a un ritmo inquietante. Las tecnologías dan la posibilidad de crear rápidamente nuevas especies animales y vegetales, así como transformar el modo de reproducción humano. Nuevas maneras de pensar y de ser en conjunto se elaboran en el mundo de las comunicaciones y la informática. Los espacios del trabajo, del pensamiento y la comunicación dependen, también de ellos, de la incesante metamorfosis de las disposiciones y dispositivos informacionales. Por el establecimiento de conexiones siempre más numerosas en dirección del universo no humano (la naturaleza, sus flujos, sus campos y fuerzas, la materia como fuente de energía o soporte de acciones), la técnica es una de las dimensiones en las que se juega la autotransformación del mundo humano.[2] Resulta innegable el hecho de que, independientemente de otros factores, la vida social se encuentra influida en apreciable medida por el estado y los avatares de la técnica y la industria. "Una parte esencial de los problemas políticos de nuestro tiempo -afirma Pierre Lévy-se juegan en el terreno de la técnica (...)" [2] y, pudiera agregarse, una gran parte de los proyectos científicos, tecnológicos y económicos se acometen con intenciones políticas. Es agobiante el acoso impuesto mediante esas alusiones, mitos y falacias que las grandes trasnacionales y potencias desarrolladas divulgan sobre la necesidad del cambio tecnológico permanente por motivos mercantiles que no tienen en cuenta las necesidades reales de humanidad. Tales mensajes aluden sutil o explícitamente a la idea de que quién no se ponga a tono con las últimas novedades del estado del arte en la tecnología, se encontrará de forma irremediable, amenazado, discriminado, humillado y condenado al fracaso. Generalizan un discurso que modifica de forma sutil, imperceptible, la escala de valores del hombre moderno; unen la necesidad de competitividad con la noble búsqueda de algo llamado excelencia, excelencia típicamente entendida como la consecución de calidad de un producto, cualquiera que este sea. Semejantes mensajes son muy frecuentes hoy en empresas, escuelas y todo tipo de locaciones y relaciones sociales. ¿Se aspira en las empresas a esto o a un tipo de competitividad y excelencia con un sentido más amplio y abarcador que el productivo, capaz de garantizar la mayor calidad de vida, la excelencia social y la sustentabilidad de cada país? "Construimos nuestros edificios, remarcó una vez Winston Churchill (a raíz de una propuesta para un nuevo edificio del parlamento), luego nuestros edificios nos construyen a nosotros".[3] Ludwing Feuerbach, por su parte, se percató en el siglo XIX que no pensaban de la misma manera quien vivía bajo el techo de una choza y quien vivía bajo el techo de un palacio. Es obvio, las condiciones de existencia influyen en el modo de pensar y actuar de la gente. La realidad tecnológica es sin dudas parte inseparable de esas condiciones. Ello significa que la ciencia y la tecnología, además de ser un valor, crean ellas mismas nuevos valores en el hombre y modifican de modo sustancial los ya existentes. Los avatares de la producción y la industria no son solo fenómenos económicos o científico-técnicos, sino que tienen una inmediata e íntima dimensión axiológica. Sin embargo, la aproximación axiológica a la realidad tecnológica y sus impactos es un asunto complejo. El problema radica en que las tecnologías, como regla bastante general, son ambiguas, ambivalentes desde el punto de vista de su significación social. Si se considera que valor es aquello que tiene significación social, ellas constituyen un valor. Ahora, si se parte de la compresión del valor como un concepto que, por un lado expresa las necesidades cambiantes del hombre y, por el otro, fija la significación social positiva de los fenómenos naturales y sociales para la existencia y el desarrollo progresivo de la sociedad, el asunto se complica sobremanera, principalmente por dos razones. Primera: no existe un criterio objetivo para discriminar cuáles de las denominadas necesidades cambiantes del hombre son superfluas y cuáles esenciales en un momento histórico-concreto dado. Segunda razón: la propia idea del progreso y su criterio de determinación son bastante discutibles desde la perspectiva de los tiempos actuales. Al igual que existen argumentos y hechos esenciales para justificar la tesis de que la sociedad progresa, también existe una "bolsa" similar de argumentos y hechos esenciales para fundamentar lo contrario. Es, por tanto, en extremo difícil establecer el sentido ascendente o descendente de la línea que resulta del enfrentamiento de las tendencias progresivas y regresivas si se consideran estas en su interacción dinámica objetiva, esto es en la unidad real de todos los aspectos y matices que caracterizan el complejo y multifacético movimiento social. Quizás lo más sensato sea hablar de un progreso-regreso de la humanidad o de un regreso-progreso o de ambas cosas a la vez. En resumidas cuentas las interrogantes caen por su propio peso. ¿Existe progreso en la sociedad? ¿Son la ciencia, la tecnología y la industria moderna un valor, un anti-valor, un valor anti-valor, un anti­valor valor? Al parecer las cosas del hombre, que ama lo absoluto, lo bello y lo perfecto, están condenadas a lo relativo y lo sublime.El propio concepto de verdad no escapa a esta realidad. Si bien es cierto que la noción acerca de la existencia de la verdad ha orientado la búsqueda humana durante siglos, también es cierto que las festinadas y bizantinas disputas por su tenencia han dificultado la mejor comprensión y comunicación entre los hombres. Del mismo modo, la idea del progreso, siendo un estímulo positivo para la creación, también ha conducido al absurdo de creer (el hombre exhibe una insólita capacidad para autoengañarse y creer las propias falacias que se inventa) que toda invención o cambio realizado o en proyecto constituyen un desarrollo, sin embargo, el asunto no para ahí. El hombre siempre encuentra fuertes e irrebatibles argumentos para justificar sus acciones. Por ejemplo, muchos tecnólogos consideran que innovar es mejorar en el sentido del progreso y coinciden en aceptar que siempre, en el pasado, los grandes desarrollos tecnológicos, que luego han resultado inocuos, despertaron terror entre los timoratos conservadores. Por supuesto, los graves problemas de todo tipo que aquejan al mundo contemporáneo se encargan a cada paso de mostrarle al hombre la carencia que tiene de un criterio eficaz para determinar cuáles son en verdad las auténticas necesidades esenciales de la humanidad, así como el imperativo de contar con un principio que le permita reconocer el progreso global de la sociedad. El autor de este trabajo cree en el progreso, lo presiente, pero se cuestiona los diversos criterios con que históricamente hasta hoy se ha pretendido demostrar su existencia. El denominado progreso tecnológico ha abierto a la humanidad unas posibilidades, en muchos casos, difíciles de evaluar a plenitud desde la perspectiva actual sin el impostergable concurso de las Ciencias Sociales y Humanísticas. Tal ambivalencia quizás sea la causa de los diferentes y con frecuencia contrapuestos enfoques e interpretaciones que se realizan del fenómeno tecnológico. Unos autores, haciendo gala de un optimismo acrítico, triunfalista, desmesurado, ven en la tecnología la solución a todos los males. Otros en cambio, se desvelan con las terribles secuelas y problemas de toda índole que va dejando tras de sí el uso indiscriminado y anárquico de los avances científico-técnicos y alertan sobre las nefastas crisis que se avecinan de no poner coto a tiempo y revertir esas tendencias. Algunos estudiosos, convencidos de que el hombre está capacitado para regular de manera sensata y eficaz los desafueros de sus actos en la producción y en general en su interacción con el medio natural y social, claman a voz en pecho por reglamentaciones, moratorias y normativas‚ éticas y jurídicas para la creación científica y tecnológica así como para su aplicación. Sin embargo, otros llaman la atención hacia el alarmante hecho de que la propia tecnología y la propaganda que la acompaña modifican ostensiblemente los valores éticos de la gente hasta el punto de considerar ahora morales muchas cosas que antes literalmente repudiaba. [4] Existen también quienes afirman que la tecnología es neutra y desplazan la responsabilidad por sus efectos negativos a las espaldas solo de aquellos que deciden las formas de su utilización. Otros, como Lewis Munford, desenmascaran esa pretendida neutralidad alegando que tal falacia ha servido para eximir a los científicos y tecnólogos de cualquier responsabilidad o compromiso social respecto a las posibles consecuencias negativas que pudieran desarrollarse. Puede hacerse algo más que aceptar pasivamente la tecnología sugiere Munford, puede y debe elegirse, puede y debe preguntarse al servicio de quién o de qué se quieren poner las máquinas, al de la producción o al del ser humano. [5, 6] Muchos son los pensadores que plantean que la técnica, mediante la mecanización de los procedimientos del trabajo, incrementa el ocio. Otros, por el contrario, consideran que la labor manual economizada por las máquinas no desaparece, sino que se desplaza dentro de la organización técnica. [7] Esta andanada de criterios divergentes es, en buena medida, la respuesta emergente en términos de las Ciencias Sociales y Humanísticas a la ambivalente andanada de impactos sociales de la tecnología. Se consolidan e institucionalizan en la actualidad ramas del saber como los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, la Filosofía de la tecnología, la Economía de la tecnología, la Sociología de la tecnología y otras que abordan el fenómeno tecnológico y sus impactos desde diversas ópticas sociales específicas. Sin embargo, salvo algunas temáticas archiconocidas, por ejemplo, las cuestiones ecológicas y éticas, se reflexiona todavía muy poco o nada sobre otras importantes aristas sociohumanistas de la tecnología y la profesión. Esas carencias provocan que, en ocasiones, y sin pleno conocimiento de causa, se mistifique la tecnología en las universidades y escuelas. Obviamente, de acentuarse esa situación habrá que pagar un elevado precio algún día. La tecnología moderna tiene muchas bondades pero también es portadora de riesgos contra los cuales hay que estar prevenidos y adoptar estrategias y políticas definidas para que pasen, en el peor de los casos, como meras enfermedades benignas del progreso y no se truequen en fulminantes enfermedades mortales para la humanidad y el medioambiente. Es preocupante el volumen creciente de literatura divulgativa, sin hacer referencia ya a otros medios de información, que omite esa cara fea de la moneda. Langdon Winner, actualmente uno de los más prestigiosos filósofos de la tecnología, ha acuñado el término de tecnopornografía para cierto género de ensayos que, con pretensiones divulgativas, se dedican de forma abierta y, la mayoría de las veces, en detrimento del rigor científico, a especular y fantasear sobre presumibles logros y avances tecnológicos que poblarán el futuro. Aunque visto desde fuera no es más que un mero ejercicio literario consistente en dar rienda suelta a la imaginación; desempeñan, lo quieran o no, la peligrosa función de omitir, ocultar o disimular una importantísima faceta de la realidad tecnológica actual: sus riesgos, sus peligros y sus repercusiones e impactos. [8] En este marco de cosas, una de las posibles y necesarias estrategias a seguir para resguardar a la educación del influjo de tales tendencias es reconocer el marcado carácter social que tiene la tecnología como fenómeno, y propiciar el debate multidisciplinario sociohumanístico de la misma en el curso de la formación profesional.Cada día nos sorprende con nuevos cambios. Sin embargo, ese agitado movimiento se va revelando más y más como un proceso en extremo ambivalente y contradictorio. La técnica, "(...) cuya misión es resolverle al hombre problemas, se ha convertido de pronto en un nuevo y gigantesco problema" .[1] Estas palabras de J. Ortega y Gasset ilustran con bastante precisión el estado de cosas en que ha devenido hoy día el complejo y multifacético ámbito de la relación tecnología-sociedad.Hoy más que nunca se hace sentir la urgencia de pensar en el movimiento de la técnica y la industria. Desastres ecológicos y amenazas sobre la biosfera se suceden a un ritmo inquietante. Las tecnologías dan la posibilidad de crear rápidamente nuevas especies animales y vegetales, así como transformar el modo de reproducción humano. Nuevas maneras de pensar y de ser en conjunto se elaboran en el mundo de las comunicaciones y la informática. Los espacios del trabajo, del pensamiento y la comunicación dependen, también de ellos, de la incesante metamorfosis de las disposiciones y dispositivos informacionales. Por el establecimiento de conexiones siempre más numerosas en dirección del universo no humano (la naturaleza, sus flujos, sus campos y fuerzas, la materia como fuente de energía o soporte de acciones), la técnica es una de las dimensiones en las que se juega la autotransformación del mundo humano.[2]Resulta innegable el hecho de que, independientemente de otros factores, la vida social se encuentra influida en apreciable medida por el estado y los avatares de la técnica y la industria. "Una parte esencial de los problemas políticos de nuestro tiempo -afirma Pierre Lévy-se juegan en el terreno de la técnica (...)" [2] y, pudiera agregarse, una gran parte de los proyectos científicos, tecnológicos y económicos se acometen con intenciones políticas.Es agobiante el acoso impuesto mediante esas alusiones, mitos y falacias que las grandes trasnacionales y potencias desarrolladas divulgan sobre la necesidad del cambio tecnológico permanente por motivos mercantiles que no tienen en cuenta las necesidades reales de humanidad. Tales mensajes aluden sutil o explícitamente a la idea de que quién no se ponga a tono con las últimas novedades del estado del arte en la tecnología, se encontrará de forma irremediable, amenazado, discriminado, humillado y condenado al fracaso. Generalizan un discurso que modifica de forma sutil, imperceptible, la escala de valores del hombre moderno; unen la necesidad de competitividad con la noble búsqueda de algo llamado excelencia, excelencia típicamente entendida como la consecución de calidad de un producto, cualquiera que este sea. Semejantes mensajes son muy frecuentes hoy en empresas, escuelas y todo tipo de locaciones y relaciones sociales.¿Se aspira en las empresas a esto o a un tipo de competitividad y excelencia con un sentido más amplio y abarcador que el productivo, capaz de garantizar la mayor calidad de vida, la excelencia social y la sustentabilidad de cada país?"Construimos nuestros edificios, remarcó una vez Winston Churchill (a raíz de una propuesta para un nuevo edificio del parlamento), luego nuestros edificios nos construyen a nosotros".[3] Ludwing Feuerbach, por su parte, se percató en el siglo XIX que no pensaban de la misma manera quien vivía bajo el techo de una choza y quien vivía bajo el techo de un palacio. Es obvio, las condiciones de existencia influyen en el modo de pensar y actuar de la gente. La realidad tecnológica es sin dudas parte inseparable de esas condiciones. Ello significa que la ciencia y la tecnología, además de ser un valor, crean ellas mismas nuevos valores en el hombre y modifican de modo sustancial los ya existentes. Los avatares de la producción y la industria no son solo fenómenos económicos o científico-técnicos, sino que tienen una inmediata e íntima dimensión axiológica. Sin embargo, la aproximación axiológica a la realidad tecnológica y sus impactos es un asunto complejo.El problema radica en que las tecnologías, como regla bastante general, son ambiguas, ambivalentes desde el punto de vista de su significación social. Si se considera que valor es aquello que tiene significación social, ellas constituyen un valor. Ahora, si se parte de la compresión del valor como un concepto que, por un lado expresa las necesidades cambiantes del hombre y, por el otro, fija la significación social positiva de los fenómenos naturales y sociales para la existencia y el desarrollo progresivo de la sociedad, el asunto se complica sobremanera, principalmente por dos razones. Primera: no existe un criterio objetivo para discriminar cuáles de las denominadas necesidades cambiantes del hombre son superfluas y cuáles esenciales en un momento histórico-concreto dado. Segunda razón: la propia idea del progreso y su criterio de determinación son bastante discutibles desde la perspectiva de los tiempos actuales.Al igual que existen argumentos y hechos esenciales para justificar la tesis de que la sociedad progresa, también existe una "bolsa" similar de argumentos y hechos esenciales para fundamentar lo contrario. Es, por tanto, en extremo difícil establecer el sentido ascendente o descendente de la línea que resulta del enfrentamiento de las tendencias progresivas y regresivas si se consideran estas en su interacción dinámica objetiva, esto es en la unidad real de todos los aspectos y matices que caracterizan el complejo y multifacético movimiento social. Quizás lo más sensato sea hablar de un progreso-regreso de la humanidad o de un regreso-progreso o de ambas cosas a la vez.En resumidas cuentas las interrogantes caen por su propio peso. ¿Existe progreso en la sociedad? ¿Son la ciencia, la tecnología y la industria moderna un valor, un anti-valor, un valor anti-valor, un anti­valor valor?Al parecer las cosas del hombre, que ama lo absoluto, lo bello y lo perfecto, están condenadas a lo relativo y lo sublime.El propio concepto de verdad no escapa a esta realidad. Si bien es cierto que la noción acerca de la existencia de la verdad ha orientado la búsqueda humana durante siglos, también es cierto que las festinadas y bizantinas disputas por su tenencia han dificultado la mejor comprensión y comunicación entre los hombres. Del mismo modo, la idea del progreso, siendo un estímulo positivo para la creación, también ha conducido al absurdo de creer (el hombre exhibe una insólita capacidad para autoengañarse y creer las propias falacias que se inventa) que toda invención o cambio realizadoo en proyecto constituyen un desarrollo, sin embargo, el asunto no para ahí. El hombre siempre encuentra fuertes e irrebatibles argumentos para justificar sus acciones. Por ejemplo, muchos tecnólogos consideran que innovar es mejorar en el sentido del progreso y coinciden en aceptar que siempre, en el pasado, los grandes desarrollos tecnológicos, que luego han resultado inocuos, despertaron terror entre los timoratos conservadores.Por supuesto, los graves problemas de todo tipo que aquejan al mundo contemporáneo se encargan a cada paso de mostrarle al hombre la carencia que tiene de un criterio eficaz para determinar cuáles son en verdad las auténticas necesidades esenciales de la humanidad, así como el imperativo de contar con un principio que le permita reconocer el progreso global de la sociedad. El autor de este trabajo cree en el progreso, lo presiente, pero se cuestiona los diversos criterios con que históricamente hasta hoy se ha pretendido demostrar su existencia.El denominado progreso tecnológico ha abierto a la humanidad unas posibilidades, en muchos casos, difíciles de evaluar a plenitud desde la perspectiva actual sin el impostergable concurso de las Ciencias Sociales y Humanísticas. Tal ambivalencia quizás sea la causa de los diferentes y con frecuencia contrapuestos enfoques e interpretaciones que se realizan del fenómeno tecnológico.Unos autores, haciendo gala de un optimismo acrítico, triunfalista, desmesurado, ven en la tecnología la solución a todos los males. Otros en cambio, se desvelan con las terribles secuelas y problemas de toda índole que va dejando tras de sí el uso indiscriminado y anárquico de los avances científico-técnicos y alertan sobre las nefastas crisis que se avecinan de no poner coto a tiempo y revertir esas tendencias. Algunos estudiosos, convencidos de que el hombre está capacitado para regular de manera sensata y eficaz los desafueros de sus actos en la producción y en general en su interacción con el medio natural y social, claman a voz en pecho por reglamentaciones, moratorias y normativas‚ éticas y jurídicas para la creación científica y tecnológica así como para su aplicación. Sin embargo, otros llaman la atención hacia el alarmante hecho de que la propia tecnología y la propaganda que la acompaña modifican ostensiblemente los valores éticos de la gente hasta el punto de considerar ahora morales muchas cosas que antes literalmente repudiaba. [4]Existen también quienes afirman que la tecnología es neutra y desplazan la responsabilidad por sus efectos negativos a las espaldas solo de aquellos que deciden las formas de su utilización. Otros, como Lewis Munford, desenmascaran esa pretendida neutralidad alegando que tal falacia ha servido para eximir a los científicos y tecnólogos de cualquier responsabilidad o compromiso social respecto a las posibles consecuencias negativas que pudieran desarrollarse. Puede hacerse algo más que aceptar pasivamente la tecnología sugiere Munford, puede y debe elegirse, puede y debe preguntarse al servicio de quién o de qué se quieren poner las máquinas, al de la produccióno al del ser humano. [5, 6]Muchos son los pensadores que plantean que la técnica, mediante la mecanización de los procedimientos del trabajo, incrementa el ocio. Otros, por el contrario, consideran que la labor manual economizada por las máquinas no desaparece, sino que se desplaza dentro de la organización técnica. [7]Esta andanada de criterios divergentes es, en buena medida, la respuesta emergente en términos de las Ciencias Sociales y Humanísticas a la ambivalente andanada de impactos sociales de la tecnología. Se consolidan e institucionalizan en la actualidad ramas del saber como los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, la Filosofía de la tecnología, la Economía de la tecnología, la Sociología de la tecnología y otras que abordan el fenómeno tecnológico y sus impactos desde diversas ópticas sociales específicas. Sin embargo, salvo algunas temáticas archiconocidas, por ejemplo, las cuestiones ecológicas y éticas, se reflexiona todavía muy pocoo nada sobre otras importantes aristas sociohumanistas de la tecnología y la profesión. Esas carencias provocan que, en ocasiones, y sin pleno conocimiento de causa, se mistifique la tecnología en las universidades y escuelas. Obviamente, de acentuarse esa situación habrá que pagar un elevado precio algún día.La tecnología moderna tiene muchas bondades pero también es portadora de riesgos contra los cuales hay que estar prevenidos y adoptar estrategias y políticas definidas para que pasen, en el peor de los casos, como meras enfermedades benignas del progreso y no se truequen en fulminantes enfermedades mortales para la humanidad y el medioambiente. Es preocupante el volumen creciente de literatura divulgativa, sin hacer referencia ya a otros medios de información, que omite esa cara fea de la moneda. Langdon Winner, actualmente uno de los más prestigiosos filósofos de la tecnología, ha acuñado el término de tecnopornografía para cierto género de ensayos que, con pretensiones divulgativas, se dedican de forma abierta y, la mayoría de las veces, en detrimento del rigor científico, a especular y fantasear sobre presumibles logros y avances tecnológicos que poblarán el futuro. Aunque visto desde fuera no es más que un mero ejercicio literario consistente en dar rienda suelta a la imaginación; desempeñan, lo quieran o no, la peligrosa función de omitir, ocultar o disimular una importantísima faceta de la realidad tecnológica actual: sus riesgos, sus peligros y sus repercusiones e impactos. [8]En este marco de cosas, una de las posibles y necesarias estrategias a seguir para resguardar a la educación del influjo de tales tendencias es reconocer el marcado carácter social que tiene la tecnología como fenómeno, y propiciar el debate multidisciplinario sociohumanístico de la misma en el curso de la formación profesional.
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